En un estudio llevado a cabo por Mesch (2006) se concluyó que, a mayor frecuencia de uso de internet por parte de los jóvenes, menor era la percepción de la calidad relacional con sus padres. Sin embargo, esta relación negativa no se debió a la frecuencia del uso de internet en sí, sino a la existencia de otra variable: el tipo de actividad en línea.
Así, el uso de internet por parte de los adolescentes con fines sociales (por ejemplo, jugar juegos en línea, comunicarse con amigos y participar en grupos de discusión) se encontró asociado positivamente con los conflictos familiares, mientras que el uso de internet con fines de aprendizaje o relacionados con la escuela (como la búsqueda de información) no se asoció con las variables de conflictos familiares, tiempo familiar y cohesión familiar.
Warren y Aloia (2018) también señalaron la importancia del uso que se da a estas tecnologías entre padres y adolescentes como predictor de la afectación a nivel relacional. Así, cuando se utilizaban los dispositivos móviles con motivos relacionales (por ejemplo, expresar apoyo, manejar conflictos) estos eran predictivos de sentimientos de cercanía, mientras que los usos más funcionales o instrumentales (por ejemplo, coordinar horarios, compartir contenido) no predecían la cercanía familiar.
Otro de los factores a tener en cuenta y que puede repercutir en un cambio en las dinámicas familiares entre padres e hijos adolescentes, es que en la era digital no todos los padres cuentan con la competencia digital necesaria para educar y/o supervisar a sus hijos en este ámbito, por lo que a veces se encuentran con el inconveniente de ser padres sin un modelo de referencia con respecto a las TIC, ya que estos dispositivos surgieron demasiado tarde en sus vidas. De este modo, la capacidad tecnológica por parte de los jóvenes tiende a aumentar la brecha digital entre generaciones, y desvía la autoridad de los padres, cuestionando las reglas y los valores que intentan transmitir.