Es un debate fascinante. En mi opinión, las redes sociales funcionan más como un caleidoscopio que como un simple espejo: no solo reflejan nuestra necesidad de pertenencia, sino que fragmentan nuestra esencia para que encaje en nichos algorítmicos. Siempre hemos buscado la aprobación del grupo, pero la diferencia radica en que ahora tenemos un marcador cuantitativo (los likes) pegado a nuestra autoestima. Esto ha transformado la identidad en un proyecto de curaduría constante; ya no "somos", sino que "nos representamos", convirtiendo la autoexploración genuina en una actuación diseñada para una audiencia invisible que nunca termina de estar satisfecha.
En cuanto a la conexión humana, no es que estemos perdiendo la capacidad biológica de empatizar, sino que estamos perdiendo la tolerancia al "ruido" y a la fricción de la vida real. En el mundo digital, tenemos el control: podemos editar un mensaje, saltarnos el contenido aburrido o bloquear lo que nos incomoda. La interacción cara a cara, en cambio, es desordenada, lenta y requiere una presencia vulnerable que el scroll infinito ha atrofiado. Estamos sustituyendo la intimidad profunda por una hiperconectividad superficial; sabemos qué desayunó un conocido, pero hemos olvidado cómo sostener un silencio cómodo con la persona que tenemos enfrente.
Al final del día, las redes no han inventado nuevas neurosis, pero sí han acelerado las más antiguas. Para no perdernos en este laberinto de espejos, el reto psicológico actual es el de la "higiene digital": entender que el perfil no es la persona. La identidad necesita espacios de desconexión para respirar fuera del escenario, y la verdadera conexión sigue ocurriendo en esos momentos analógicos donde no hay ninguna pantalla mediando la experiencia. No somos menos humanos, pero sí somos humanos más distraídos, tratando de encontrar autenticidad en un entorno diseñado para la apariencia.