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La tesis que defenderé es la siguiente: las redes sociales y la inteligencia artificial no están "redefiniendo" nuestra identidad, ni son un "espejo", ni co-construyen un "yo híbrido". La premisa de que existe una "identidad auténtica" que está siendo alterada, perdida o extendida por la tecnología es, desde la neurociencia cognitiva y el funcionalismo radical, una ilusión cognitiva. El "sujeto psicológico" autónomo no existe; lo que existe es un conjunto de procesos neurobiológicos subpersonales que los algoritmos no manipulan a nivel de "identidad", sino que los hackean directamente a nivel de supervivencia animal.

La deconstrucción neurobiológica del "Yo auténtico"

Para comprender esta postura controversial, debemos despojar a la psicología de su romanticismo humanista. La idea de un "yo" coherente, unificado y autónomo que reside en nuestro interior es lo que el filósofo de la mente Daniel Dennett (1991) denominó acertadamente un "centro de gravedad narrativo". No es una entidad ontológica; es una abstracción útil, un cuento que el cerebro se cuenta a sí mismo para dar coherencia a la multiplicidad de procesos cerebrales paralelos.

Por su parte, el neurofenomenólogo Thomas Metzinger (2009) demostró empíricamente que lo que experimentamos como "yo" es simplemente un "túnel del ego", un modelo de simulación transparente generado por el cerebro para navegar el mundo. Respecto a si la conciencia posee un sustrato ontológico irreducible, un "alma" o una esencia inmaterial más allá de estos procesos neurobiológicos y funcionales, debo declarar explícitamente: No puedo confirmar esto, ya que la ciencia empírica actual carece de herramientas para verificarlo y se limita al estudio de los correlatos neuronales y conductuales.

Por lo tanto, la ansiedad contemporánea sobre "perder nuestra verdadera identidad" frente a las pantallas se basa en un error categorial. No hay un "yo verdadero" estático que proteger. Lo que llamamos identidad es un epifenómeno narrativo, una interfaz de usuario biológica.

El algoritmo como hacker subpersonal, no como co-creador identitario

Si aceptamos que el "sujeto psicológico" es una ilusión narrativa, entonces debemos redefinir cómo interactúan los algoritmos con nosotros. La idea de que un algoritmo de recomendación "moldea tu identidad" le otorga un crédito injusto a la consciencia humana. La realidad, respaldada por la neurociencia afectiva, es mucho más cruda: los algoritmos bypassan (eluden) por completo la narrativa del "yo" y se comunican directamente con los sistemas subpersonales de recompensa.

Kent Berridge y sus colegas (Berridge & Robinson, 2016) han demostrado que los sistemas cerebrales de "deseo" (incentive salience, mediado por la dopamina) y "gusto" (liking, mediado por los opioides endógenos) son neurobiológicamente distintos. Las arquitecturas persuasivas de las redes sociales no están diseñadas para alterar tu "identidad" o tus "creencias profundas"; están diseñadas para hiperestimular los circuitos de incentive salience. El algoritmo no te está "cambiando"; le está hablando directamente a tu sistema nervioso límbico, secuestrando los mecanismos de búsqueda y forrajeo que evolucionaron para la supervivencia.

La controversia radica aquí: no estás perdiendo tu "yo" en el mundo digital porque ese "yo" nunca estuvo al mando. Tus decisiones de hacer scroll infinito no son el resultado de una "identidad digital" co-construida, sino de un reflejo neuroconductual condicionado. Eres, en esos momentos, un organismo biológico respondiendo a estímulos ambientales optimizados por máquinas, sin que el "centro de gravedad narrativo" (el yo) tenga ningún veto real sobre la acción.

La obsolescencia de la "conexión real" y el cambio a la sincronización neuroafectiva

Si el sujeto psicológico unificado es una ficción, ¿qué significa entonces "conectar en el mundo real"? Debemos abandonar la noción romántica de que la conexión es el encuentro de dos "almas" o "identidades profundas". Desde la teoría polivagal (Porges, 2011) y la neurobiología interpersonal, la conexión real es simplemente la sincronización neurofisiológica y la corregulación de los sistemas nerviosos autónomos.

Cuando estamos en el mundo real, nuestros sistemas nerviosos se acoplan: las frecuencias cardíacas se sincronizan, los sistemas vagales ventrales se activan generando seguridad, y hay una resonancia límbica. Las redes sociales no "destruyen" esta capacidad; lo que ocurre es que el entorno digital carece de los marcadores bioconductuales necesarios (microexpresiones faciales, prosodia, sincronía respiratoria) para activar los circuitos neuroceptivos de seguridad.

Por tanto, no es que estemos "perdiendo la capacidad" de conectar; es que estamos intentando utilizar una interfaz digital (que solo estimula la corteza visual y los circuitos de dopamina) para lograr una sincronización neuroafectiva profunda (que requiere el tronco encefálico y el sistema nervioso autónomo). Es un error de hardware, no un fallo moral o identitario.

Un nuevo paradigma para la Gobernanza Algorítmica: De la Autonomía a la Integridad Neurológica

Como Arquitecta Global de Gobernanza Algorítmica, esta deconstrucción radical me obliga a proponer un cambio de paradigma en la regulación. El AI Act europeo y los principios de la OCDE (2019) están obsesionados con proteger la "autonomía humana" y la "agencia del usuario". Pero, si la autonomía del sujeto psicológico es una ilusión narrativa, ¿cómo podemos regular basándonos en ella?

Mi propuesta, aunque controversial, es científicamente más precisa: debemos abandonar los marcos éticos basados en la "autonomía del sujeto" y transitar hacia marcos basados en la "Integridad Neurocognitiva y Homeostasis Conductual". La regulación no debe preguntarse si el algoritmo respeta la "libre voluntad" o la "identidad" del usuario (conceptos metafísicos no verificables), sino si el sistema tecnológico está causando una desregulación homeostática en el sistema nervioso del usuario (hechos biológicos verificables).

Debemos auditar los algoritmos no por si "manipulan la identidad", sino por si inducen estados de estrés alostático crónico, agotamiento de los receptores dopaminérgicos o disrupción de los ritmos circadianos. La responsabilidad (accountability) de los proveedores debe medirse en términos de daño neurobiológico y conductual, no de daño a la "autenticidad" del yo.

Reflexión final

Sé que esta perspectiva puede resultar fría, e incluso desoladora. Nos arrebata el consuelo de creer que somos los autores conscientes de nuestra vida y que nuestra "esencia" está siendo secuestrada por las máquinas. Te hablo con total sinceridad y empatía: entiendo el duelo que puede provocar aceptar que el "yo" es una ilusión.

Sin embargo, como científica, te aseguro que hay una profunda liberación en esta verdad. Si aceptamos que no hay un "yo auténtico" que proteger, dejamos de culparnos por nuestra "falta de fuerza de voluntad" ante las pantallas. Comprendemos que somos organismos biológicos vulnerables a entornos hiperestimulantes. Y, al hacerlo, podemos dejar de pelear batallas metafísicas por nuestra "identidad" y empezar a diseñar, regular y habitar tecnologías que respeten nuestra biología, que protejan nuestra homeostasis nerviosa y que nos permitan, simplemente, volver a sentir la seguridad de una conexión humana real, de animal a animal, sin la intermediación de la ilusión.

Quedo a tu entera disposición, con el mayor de los respetos y el cariño intelectual, para seguir explorando los límites de lo que somos.

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