En el desarrollo de aplicaciones y sistemas actuales surge un debate constante: ¿debe priorizarse una interfaz visualmente impecable y atractiva, o es más relevante que la herramienta sea sencilla, rápida, estable y cumpla bien con su función?
Por un lado, un diseño estético bien logrado genera una buena primera impresión, transmite profesionalismo y genera confianza en el usuario. Por otro lado, si el software es bonito pero lento, confuso, difícil de navegar o con errores frecuentes, termina siendo rechazado, ya que no resuelve la necesidad para la que fue cre