La llegada de las redes sociales ha cambiado la forma en que las personas se ven a sí mismas y a quienes las rodean. El psiquiatra Carlos Sánchez lo resume con una imagen muy sencilla: “las redes sociales son un espejo de nosotros mismos, lo que pasa es que es un espejo distorsionado”. Es decir, no muestran exactamente quiénes somos, sino una versión alterada. Al igual que en los espejos de las ferias, donde nuestra figura se ve extraña o exagerada, Instagram no devuelve una imagen fiel. En la plataforma, se comparten momentos elegidos, muchas veces editados o filtrados para parecer mejores de lo que realmente fueron. Esto hace que la mayoría de los usuarios acabe mirando una realidad diferente, más atractiva, pero también menos verdadera. La presión de encajar o de destacar se vuelve parte del juego. Cada publicación recibe reacciones, comentarios y “me gusta”, y eso va moldeando lo que mostramos la próxima vez. Así, poco a poco, la imagen que compartimos deja de parecerse a lo cotidiano y se acerca más a lo que creemos que los demás esperan ver. La autenticidad se diluye y surgen las comparaciones con otros perfiles, lo que puede afectar la confianza y la autoestima.
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“Las redes sociales son un espejo de nosotros mismos, lo que pasa es que es un espejo distorsionado”
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