Lo que está ocurriendo es que hemos pasado de ser a parecer. Si antes la identidad era un proceso interno, hoy parece ser un producto que debe ser consumido por otros. Sin embargo, la necesidad de un abrazo, de una mirada cómplice o de una charla larga frente a un café sigue siendo una necesidad biológica que ninguna pantalla ha logrado sustituir.
La tecnología no nos quita la capacidad de conectar, pero sí nos ofrece una alternativa "más barata" y cómoda que puede terminar atrofiando el músculo de la presencia real si no tenemos cuidado.