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Si observamos cómo interactuamos hoy en día, es evidente que el problema no es que hayamos perdido la capacidad biológica de conectar con los demás, sino que estamos sufriendo una especie de atrofia por desuso.

Las redes sociales están diseñadas bajo un esquema de recompensa intermitente. Cada vez que entramos a una red social o recibimos una notificación, nuestro cerebro experimenta pequeños picos de dopamina inmediata. El problema es que este entorno digital nos está malacostumbrando a la inmediatez y a un bombardeo constante de estímulos.

El "mundo real", por el contrario, funciona a otro ritmo, es mucho más lento. Sostener una conversación cara a cara, escuchar activamente al otro, tolerar los silencios o simplemente estar presentes sin mirar el teléfono requiere un esfuerzo atencional voluntario. Como ya casi no entrenamos esa capacidad porque preferimos el estímulo rápido de la pantalla, nuestra tolerancia al aburrimiento o a la lentitud de la vida analógica ha bajado drásticamente.

El verdadero riesgo no es que ya no sepamos cómo conectar, sino que el mundo real nos empiece a parecer aburrido en comparación con la hiperestimulación de las redes, haciendo que nos desconectemos cognitivamente de nuestro presente.

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