Tiene mucho que ver el ambiente en social en que la persona se desarrolla, la violencia no aparece de la nada, son conductas que se aprenden, una vida marcada por trauma, aprendizaje de conductas agresivas, pobreza, consumo de sustancias o falta de habilidades emocionales. Cuando una persona entra a la cárcel raras veces recibe el abordaje psicológico necesario o simplemente nunca se lo dan. Las personas privadas de libertad pueden experimentar abuso, amenazas o presión del entorno, esto genera la idea de que la violencia es la única forma de vivir. Cuando alguien sale de la cárcel, enfrenta rechazo social, dificultades para conseguir trabajo y reintegrarse. Esto genera frustración, desesperanza y, en algunos casos, favorece la reincidencia en conductas delictivas o violentas.
En conclusión la cárcel no detiene la violencia porque no trabaja de manera integral las causas psicológicas y sociales que la originan. Para reducirla realmente, se necesitan programas de rehabilitación, apoyo psicológico, educación emocional y cambios en las condiciones sociales.