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Sin lugar a dudas, uno de los principales motores del cambio social ha sido la propia necesidad humana de evolucionar, y encontrar maneras de facilitar el día a día. Así, las innovaciones tecnológicas nacen como herramientas que propician escenarios idóneos para la facilitación de la vida del hombre, a partir de procesos como la automatización. Sin embargo, y es bien sabido, siempre existe cierta resistencia al cambio, fundamentada en ideas socioculturales y, a veces, distópicas. Si bien es cierto que la humanidad nunca antes se había enfrentado a un proceso tan transformador como lo sería la Inteligencia Artificial, no es la primera vez a la que se enfrenta ante cambios revolucionarios. Así pues, en la revolución industrial, la maquina de hilar y las maquinas de vapor representaron hitos históricos que permitieron un avance desmedido de los procesos industriales. En esa época, también hubo resistencia al cambio, y de igual forma, se formuló la pregunta ¿La maquina va a reemplazar a los humanos? La respuesta corta es no, e históricamente ya lo hemos vivido. Ante una innovación que automatiza procesos y permite el progresar de la humanidad, los seres humanos han aprendido a adaptarse y formarse entorno a estos nuevos cambios. No se puede detener la evolución humana netamente porque se piense que pudiera haber un reemplazo, en cambio, se deben propiciar escenarios para que los mismos seres humanos ocupen nuevos roles alrededor de este cambio, ya que el accionar humano siempre será un punto sine qua non en el proceso. La formación y la capacitación serán puntos claves en la conformación de nuevos escenarios para mantener la integración humano-maquina, parte de la propia evolución que viene aconteciendo en los últimos años.

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Comparto completamente la idea de que la Inteligencia Artificial, al igual que otras innovaciones históricas, no reemplaza al ser humano, sino que requiere de nuestra dirección, creatividad y propósito. Así como durante la Revolución Industrial surgieron temores sobre la sustitución de trabajadores, hoy enfrentamos preocupaciones similares con la automatización y la IA.

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Estimados en el concepto de hilemorfismo, proveniente de la filosofía aristotélica, sostiene que todo objeto está compuesto por materia (hyle) y forma (morphe). Aplicado a la inteligencia artificial, resulta interesante analizarlo: la materia serían los datos, hardware, sensores y algoritmos que conforman la IA, mientras que la forma sería la estructura, los modelos de aprendizaje, las reglas de decisión y la programación que organizan y dan sentido a esa materia.

Desde este punto de vista, la IA no posee forma por sí misma: requiere del ser humano para darle propósito, estructura y dirección. Podemos construir algoritmos, entrenarlos y optimizarlos, pero el sentido y la aplicación dependen de la visión humana. La IA es, en términos hilemórficos, materia sin propósito y forma sin autonomía real; necesita de nosotros para transformar datos en conocimiento útil y acciones significativas

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