En el debate criminológico contemporáneo, una de las preguntas más profundas es si la justicia debe centrarse en castigar el delito o en comprender y rehabilitar al delincuente. En un mundo ideal, esta discusión no es solo jurídica, sino también ética y social.
Desde una perspectiva clásica, el castigo cumple varias funciones: retribución (quien comete un delito debe asumir una consecuencia), prevención general (disuadir a otros) y prevención especial (evitar que el autor reincida). Este enfoque sostiene que la sanción firme refuerza las normas sociales y protege a la comunidad. Sin embargo, numerosos estudios han mostrado que el encarcelamiento, por sí solo, no siempre reduce la reincidencia y, en algunos casos, puede reforzar procesos de estigmatización y exclusión social.
Por otro lado, las corrientes modernas en criminología —como el enfoque preventivo, la justicia restaurativa y el modelo de reinserción social— proponen entender el delito como un fenómeno multifactorial. Factores sociales, económicos, familiares y psicológicos influyen en la conducta delictiva. Desde esta mirada, rehabilitar implica trabajar sobre las causas estructurales y personales que llevaron al delito, buscando que el individuo pueda reintegrarse de manera funcional a la sociedad.
En un mundo ideal, la justicia podría combinar ambos enfoques: responsabilidad por el acto cometido y, al mismo tiempo, intervención orientada a la reintegración. La rendición de cuentas no necesariamente se opone a la rehabilitación; pueden coexistir dentro de un sistema equilibrado.
Respecto a si es posible un sistema sin cárceles, la respuesta es compleja. Existen propuestas abolicionistas que plantean modelos alternativos basados en mediación, reparación del daño, supervisión comunitaria y tratamiento especializado. Algunos países han reducido significativamente el uso de la prisión mediante penas alternativas. Sin embargo, en delitos graves que implican alta peligrosidad o violencia, muchos sostienen que algún tipo de privación de libertad seguiría siendo necesario para proteger a la sociedad.
Tal vez el desafío no sea imaginar un mundo completamente sin cárceles, sino transformar su función: que dejen de ser espacios meramente punitivos y se conviertan en verdaderos centros de intervención, tratamiento y reinserción.
La pregunta entonces queda abierta: ¿qué modelo de justicia consideramos más eficaz y más humano? ¿Debe priorizarse la seguridad colectiva o la transformación individual? ¿O es posible construir un sistema que logre ambas?