A veces se plantea como si antes todos supiéramos conectar mejor y ahora, por culpa de las pantallas, ya no. No estoy tan seguro. Creo que lo que está cambiando no es tanto la capacidad, sino la forma en que entendemos la conexión.
Hoy estamos acostumbrados a interacciones rápidas, constantes, casi sin fricción. Responder un mensaje, reaccionar, enviar un audio todo fluye. En cambio, en el mundo real, conectar implica pausa, incomodidad, incluso cierto riesgo: no saber qué decir, cómo mirar, cómo sostener un silencio, y claro, frente a eso, muchos prefieren lo digital. No porque no puedan conectar, sino porque ahí el costo emocional es menor.
También pasa algo curioso: estamos más expuestos a muchas personas, pero menos disponibles para pocas. Es decir, hablamos con muchos, pero profundizamos con pocos, y eso puede dar la sensación de que “ya no sabemos conectar”, cuando en realidad estamos distribuyendo nuestra atención de otra manera quizá demasiado dispersa.
Pero tampoco todo es pérdida. Creo que hay una especie de “reaprendizaje”. Hay personas que, justamente por saturación digital, empiezan a valorar más lo presencial. Como cuando alguien deja el celular a un lado en una conversación y eso, que debería ser normal, se siente casi significativo. Algo cambió ahí.
La verdad no creo que estemos perdiendo la capacidad. Creo que la estamos descuidando un poco, como un músculo que se usa menos. Y cuando intentamos usarlo, al inicio cuesta. Pero sigue ahí.
Tal vez la pregunta más incómoda sería: ¿queremos realmente volver a ese tipo de conexión más lenta, más exigente o ya nos acostumbramos a algo más inmediato, aunque sea más superficial?