Las redes sociales cumplen una doble función: por un lado, actúan como un espejo de necesidades humanas que siempre han existido, como el deseo de pertenencia, reconocimiento y validación social. Desde esta perspectiva, no crean una nueva identidad, sino que visibilizan y amplifican rasgos propios de la naturaleza social del ser humano.
En conclusión, las redes sociales no reemplazan nuestra identidad ni nuestra capacidad de conexión, pero sí modifican la manera en que las construimos y experimentamos. El desafío actual radica en encontrar un equilibrio entre la vida digital y la interacción presencial para mantener relaciones significativas y saludables.