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En lo que respecta a las redes sociales, como tema de interés sobre su influencia en nuestra identidad, la complejidad brilla como base.  Si bien es cierto que a través de las plataformas digitales y comunidades en líneas la comunicación  ha eliminado las fronteras, permitiendo a personas y empresas del mundo entero estar conectados al momento lo que a su vez, fomenta el crecimiento incluso de pilares de la economía, como la oferta y la demanda (solo por mencionar uno de muchos),   también es cierto que se forjan como accesos directos a riesgos principalmente cuando de temas como el ciber acoso, información desvirtuada, invasión a la privacidad y propagación de adicciones se trata.   

Diariamente estamos al tanto de como afecta la salud emocional en sus usuarios, principalmente en aquellos que dedican su vida a depender de ellas (ejemplo influencer, termino muy sonado en los últimos años).  Casos de depresión, robos de identidad, acoso sexual, exposición a la crítica entre otros, forman parte de las novedades que en segundos, llenan estos medios.  

Por supuesto, siendo parte casi vital en la promoción de productos y talentos, resultan una herramienta valiosísima de propagación de información, sin embargo,  el mal uso o uso excesivo de las mismas se suma al de tantos mecanismos creados para fomentar valía a la humanidad  pero que evidentemente, no cubren todas las expectativas requeridas para optimizar o garantizar su objetivo.

Concluyo en que no estamos perdiendo la capacidad de conectar con el mundo, la mente creadora del ser humano siempre estará en condiciones de explorar y fomentar rutas que faciliten el camino de la comunicación, es una prioridad para la sociedad el avance en comunicación, pero también es cierto que las redes sociales vienen siendo un espejo de lo que somos individualmente.  Somos nosotros quiénes tenemos el poder de decidir como utilizar los recursos de tal valía, a fin de aprovecharlos de acuerdo a nuestros intereses.

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