Las redes sociales funcionan como un híbrido: son un espejo que amplifica deseos intrínsecos de validación, pero también un molde que redefine la identidad mediante algoritmos y "curación" del yo. No solo reflejamos quiénes somos; construimos versiones digitales optimizadas.
Sobre la conexión, más que perder la capacidad, esta se ha transformado. La inmediatez digital a menudo sacrifica la profundidad y la presencia física, debilitando nuestra tolerancia al silencio y al matiz del mundo real.