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Las redes sociales no son solo un espejo; actúan como un prisma que fragmenta y redefine nuestra identidad. Si bien reflejan la necesidad humana de pertenencia y validación, lo hacen mediante algoritmos que incentivan una "curaduría del yo". No somos simplemente nosotros, sino una versión optimizada para el consumo ajeno.

​Sobre la conexión real, más que perder la capacidad, estamos reconfigurando el umbral de intimidad. La gratificación instantánea de un like ha atrofiado nuestra tolerancia al silencio y a la profundidad del cara a cara, procesos que requieren tiempo y vulnerabilidad, no filtros.

​Sin embargo, culpar solo a la tecnología es simplista. La red potencia lo que ya latía en nosotros: el deseo de ser vistos. El riesgo no es la herramienta, sino la confusión entre la audiencia y la comunidad. Estamos más presentes que nunca, pero a menudo, menos disponibles para el otr o.

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